Crisis y dictadura financiera, ¿por qué no se hace la revolución?


Crisis y dictadura financiera, ¿por qué no se hace la revolución?

¿Por qué no nos rebelamos contra la dictadura financiera? ¿Por qué no se hace la revolución?

En los años Sesenta la plaza se llenaba por mucho menos y se pedía a gritos un cambio radical del sistema, una revolución. Ahora se calla. Contemplamos impasibles, desmotivados, sin energía el lento fluir de los acontecimientos.

Se asiste como espectadores impasibles a una tragedia que nos concierne: desocupación por las nubes, despidos en masa, precariedad de por vida. Nos quitan los derechos esenciales y las grandes conquistas sociales obtenidas tras años de lucha: el derecho al trabajo, el derecho a la sanidad y el derecho al estudio.

Todos cuestionados porque existe la crisis, fácil pretexto para canalizar recursos públicos en manos de pocos, de la élite económica que gobierna el mundo. Aumenta la diferencia entre ricos y pobres, así como la desigualdad social entre el que tiene y el que nunca tendrá.

Nos han robado el futuro, la esperanza y las ganas de soñar un futuro mejor. La crisis se convierte en un mantra para explicar el saqueo de nuestros recursos y de nuestros derechos.

A menudo me pregunto: ¿cómo podemos tolerar todo esto? 

¿Cómo podemos tolerar que personajes como John Paulson, fundador de Paulson & Co, se haga en un año con 5 billones de dólares (8 mil billones de las viejas liras, aproximadamente), mientras en Grecia la desocupación juvenil está en el 51%? Dinero ganado a costa de estrangular a los estados y a sus ciudadanos, privándoles de los propios recursos para enriquecer a estos depredadores.

¿Cómo podemos tolerarlo? ¿Cómo podemos tolerar que David Tepper de Appaloosa Management, Ray Dalio de Bridgewater Associates y James Simons de la Renaissance Technologies hayan obtenido, en el 2010, ganancias personales que oscilan entre los dos y tres billones de dólares?

¿Cómo podemos tolerar que el pasado 15 de mayo un solo inversor, Kenneth Dart, obtuviera 400 millones de euros (casi 800 billones de las antiguas liras, más o menos el sueldo mensual de 400mil obreros) de la Grecia, un Estado donde, según Unicef, hay 400mil niños desnutridos?

¿Por qué tenemos que continuar a desangrarnos, trabajar 5 años más, renunciar a 18mil plazas en la sanidad pública, ver cómo se cierran miles de escuelas, de guarderías, de universidades públicas, para regalar nuestro dinero a estos buitres? ¿Por qué no nos rebelamos contra esta dictadura financiera, contra este precariado irracional, contra este sistema inmoral y criminal?

El discurso es complejo y largo, pero puedo intentar ofrecer, más que respuestas, estímulos para la reflexión. 

Antes que nada, no nos rebelamos porque no siempre conocemos estos datos: ¿habéis oído hablar alguna vez de John Paulson en televisón, un solo hombre que, estrangulando a los estados, gana 8 mil billones de las antiguas liras al año? ¿Habéis oído hablar alguna vez de Kenneth Dart, un exiliado fiscal de los Estados Unidos (no paga impuestos y nadie puede hacer nada al respecto) que ha obtenido de la Grecia en un solo día, mientras el país muere, el sueldo mensual de 400mil obreros?

¿Habéis oído hablar de David Tepper, de Ray Dalio o de James Simons, cuyas ganancias personales oscilan entre los dos y tres billones de dólares al año, o cuanto las medidas de recortes? ¿De dónde creéis que proceden sus inmorales ganancias? De nuestros bolsillos, de nuestros sacrificios, de nuestras amargas lágrimas.

¿Qué noticiero ha hablado de ello en televisión? ¿Qué noticiero osa mostrar sus rostros y contar sus historias, que son nuestro dinero? Lo sabemos todo sobre los últimos cotilleos de los personajes mediáticos, pero nada de quien nos roba el futuro, de quien nos desangra, de quien hace retrasar en 5 años la edad de jubilación para enriquecerse.

Son invisibles, ausentes y fugaces. Es éste el nuevo rostro del poder. 

Es de la invisibilidad de donde procede su fuerza: ¿contra quién te rebelas? ¿Contra los bancos? ¿Y qué haces? ¿Llamas a un banco y te la tomas con un teleoperador precario y mal pagado de un call center? ¿Con quién te la tomas? ¿Con los Hedge Fund?

El nuevo poder que se asoma a nuestras vidas en forma de prima de riesgo, de Mercado, de inversiones, de técnicas financieras, no tiene un rostro humano, sino que es indescifrable e invisible. Hasta hace alguna década, la fuerza del poder residía en la visibilidad. El capital estaba clavado al suelo con sus fábricas y en éstas estaba anclado el trabajador. La fábrica fordista era el símbolo de la opresión, pero también de seguridad.

Ese lugar era, como remarca Bauman, para patrones y obreros un lugar de intereses comunes, era el hogar de ambos, su “hábitat común, contemporáneamente campo de batalla para una guerra de trinchera y casa natural de sueños y esperanzas”.

Ahora la economía se volatiza, viaja libremente de un Estado a otro, imponiendo sus leyes y directivas, su lógica y su ideología. No importa el color del gobierno, centro-derecha o centro-izquierda no suponen una gran diferencia (excepto por los valores civiles y los derechos) puesto que cada estado es esclavo de decisiones políticas y económicas tomadas en otro lugar.

El gobierno se convierte en el ejecutor material de decisiones tomadas lejos de las cámaras y de los intereses de los ciudadanos. El estado se reduce a mero comisariado de policía, cuya función es mantener el orden social para permitir a los mercados el actuar sin perturbaciones.

¿Contra quién te rebelas ahora? ¿Contra quién diriges tu frustración, tu rabia y tu descontento? 

En las dictaduras clásicas, las de porra y purgas, la efigie del poder era omnipresente, se encontraba en las escuelas, las monedas, las calles y las estructuras públicas. Todas llevaban el símbolo del poder que tomaba su fuerza de la visibilidad. Hoy, al contrario, la verdadera característica del poder es la fuga, la capacidad de evasión y de no ser identificable.

Y aquí es donde se da paso a la resignación,la frustración, la incapacidad de reaccionar y de soñar. Toda una generación sin esperanza, sin futuro, sin fines y sin sueños. He aquí el peor aspecto de esta crisis artificial: nos han robado el futuro y las ganas de luchar y de soñar un futuro mejor.

Nos lo han robado porque el futuro ni siquiera llegamos a imaginarlo, se vive en el hoy, no para un mañana, se vive en la precariedad, en el ir tirando sin prospectivas de cambio. Durante una dictadura de viejo cuño sueñas que caiga el tirano, sabes que tras la caída, tras esa vieja estatua del opresor que arde en llamas en la plaza, está tu victoria, te espera un futuro mejor. Luchas para que tus sueños se hagan realidad. Luchas porque crees en un futuro mejor.

Luchas porque tienes un sueño: una vida sin el tirano. ¿Ahora qué soñamos, que caiga la estatua de John Paulson? ¿O aquéllas de David Tepper, de Ray Dalio o de James Simons? Ahora no puedes soñar que caiga aquello que no conoces y es por eso por lo que no consigues imaginar un futuro mejor. Por eso no conseguimos hacer una revolución: no sabemos qué subvertir.

Fuente: Massimo Ragnedda

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